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Wigam o Choza Kikapu

LOS KIKAPOO, LOS QUE SE MUEVEN SIN CESAR

Kiwigapawa, los vagabundos, lucharon contra todo y contra todos. Fue siempre su destino de guerreros inquietos. Cae la noche sobre las praderas interminables y lo único que capta la vista de los kikapús en este atardecer de 1870 es el leve movimiento de los cabellos largos y negros que la brisa hace ondear, pues sopla al ras del suelo, levantando pequeños remolinos de polvo. Pero esos cabellos ya están muertos. Los cadáveres – la mayoría enemigos- cubren la llanura y ya no hay más guerreros que les planten su cara inexpresiva, rojiza bajo las pinturas de guerra. No hay más guerreros dispuestos a combatir a los sanguinarios kikapús; todos han muerto honrosamente con las armas en la mano, las piernas abiertas y bien plantados los pies en el suelo, con el olor de sangre y de polvo, de sudor y cuero a su alrededor, gritando “aiiee, ¡hoy es un buen día para morir!”.

Los kikapús levantan los brazos, balden sus armas y alzan la mirada al sol poniente; sienten en la cara el soplo de Niyol, el poderoso dios del viento, y se confían a él para que lleve su grito de victoria al Gran Espíritu. Es hora de guardar las armas vencedoras y regresar todos al campamento.

En la explanada rodeada de tipis, las tiendas cónicas de pieles curtidas, las mujeres hacen mapupe a la luz de las fogatas pues saben que los guerreros llegarán hambrientos. Son las esposas quienes machacan la carne de venado para preparar el delicioso mapupe, que aderezan con cebollas, chiles y huevos de gallina.

Las muchachas en cambio, destazan los animales que los hombres cazaron ayer. Unas cortan la carne en largas tiras y las ponen a secar al sol, otras levantan las pieles atadas a los grandes bastidores de madera, luego de salarlas; otras lavan las tripas para convertirlas en resistentes cuerdas que sirven para coser los cueros, remplazar las líneas de los arcos, hacer sogas... Se afanan porque allá a lo lejos se escuchan ya los alegres gritos de los guerreros vencedores, que vuelven cansados pero contentos y –sí, las mujeres tenían razón- también hambrientos.

DE MAINE A COAHUILA: EL SENDERO DE SANGRE.

Miembros de la gran familia algonkina los kikapús o kiwigapawa habitaron hace mucho en la zona que hoy se reparten los estados norteamericanos de Maine, Nueva Hampshire, Vermont, Massachusets, Nueva York y Connecticut. Se desplazaron después hacia los grandes lagos. Empujados por la presión que los europeos ejercían desde el Este, cruzaron Pensilvania y Ohio; atravesaron Indiana, Illinois y Missouri hasta llegar a Kansas donde se establecieron. Hoy en día muchos siguen ahí. Amargos recuerdos de su paso se encuentran hoy en los anales de los indios iroqueses, sioux fox, chicasas, cries, osages, cherokis e illinois. Se cuenta que los kikapús exterminaron a estos últimos.

De Kansas, los kiwigapawa viajaron directamente al sur. Cruzaron Oklahoma y Texas guerrereando contra los lipanes, los comanches y los pawnees. Por último, la guerra contra los apaches los trajo a este lado del río Bravo, donde pactaron con el presidente mexicano José Joaquín Herrera entre 1849 y 1850, quien les concedió tierras en el distrito de Monclova, Coahuila, a cambio de que siguieran combatiendo a los apaches y sobre todo, que mataran a la mayor cantidad posible de lipanes y comanches que tanto daño causaban a los rancheros mexicanos. En las fuentes del río Sabinas, los kikapús fundaron Nacimiento, que hasta la fecha es su pueblo más importante.

La parte mexicana del territorio kikapú queda enmarcada por las tierras de Santa Ana, Berruguero y Hermosa de Santa Rosa al norte y al su la Barranca Azul y el Cañón de la Alameda por el oeste. El desierto se abre al oriente para que Kennekuk, el profeta, retorne algún día al amanecer, acompañando al Sol.

Como ya se mencionó los kikapúes viven en los terrenos conocidos como “El Nacimiento”, en el extremo norte del municipio de Melchor Múzquiz, del estado de Coahuila. La comarca se localiza en el valle de Santa Rosa, en las estribaciones de la Sierra Hermosa de santa Rosa, vuelvo a mencionar el lugar para recalcar que forma parte de la cuenca hidrográfica del río Sabinas. El Nacimiento se encuentran once manantiales de permanentes de donde nace dicho río.

La altitud de la comunidad El Nacimiento es de 500 metros sobre el nivel del mar. Las lluvias, aunque abundantes, ocurren solamente, en forma esporádica, en un corto período que va del mes de julio al de octubre. El clima es semi desértico, con temperaturas de más de 40 grados centígrados en verano y de cero grados en invierno. La aridez de los terrenos es atenuada un tanto por la presencia de los mencionados manantiales y de algunos afluentes del Sabinas.

Entre la flora propia de la región se encuentra el nogal, el sabino, el mezquite, el huizache, el nopal, el guayule, la candelilla, la gobernadora y varias clases de palmeras y árboles frutales. Se cuenta también aunque en pequeña cantidad, con algunas especies maderables como el cedro, el álamo y, en la parte serrana, el pino. Aún cuando en proceso de extinción, hay todavía, entre la fauna predominante en la comarca, varias especies cinegéticas como el venado, el jabalí, el ocelote, la zorra, la codorniz, la paloma y el aguililla.

El subsuelo de la región, según dice, es abundante en minerales, entre los que se destacan el zinc, el plomo, la plata, el cobre, el oro, pero no existe ninguna explotación minera.

El poblado de El Nacimiento se comunica con Melchor Múzquiz, cabecera del municipio del propio nombre, por medio de un camino de grava de 35 kms. De longitud, en el cual cruza el río Sabinas en dos ocasiones, pero en la temporada de lluvias uno de los puentes queda cubierto por las aguas, por lo que el poblado queda incomunicado. Otro camino de tierra barrosa corre paralelo al primero pero igualmente, durante la época de lluvias, se vuelve intransitable.

DEMOGRAFÍA.

No se tienen datos exactos acerca del número de indígenas kikapúes residentes en México hoy en día, debido a que no fueron tomados en cuenta en el pasado Censo Nacional de Población, por las circunstancias antes mencionadas. El Censo de 1920 consignaba la existencia de 293 habitantes kikapú, mayores de cinco años; el de 1930 de 421, y Fabila en 1940, censó personalmente a 354. Las cifras, como se observa, son bastante similares, por lo que puede considerarse que actualmente la población kikapú debe ser de unas 500 personas.

Los únicos datos relativos al monolinguismo aparecen en “México en Cifras”, en el año de 1934, en el que se dice que en 1930 había 495 kikapúes (contra 421 consignados en el Censo respectivo) y que de ellos 366 eran monolingues y 129 bilingües, lo que representa un porcentaje de monolinguismo de 74.5. investigaciones recientes, empero, señalan que actualmente el porcentaje de monolinguismo es muy bajo.

IDIOMA.

El kikapú es una lengua de la familia algonkiniana originaria de los Estados Unidos y es hablado por la totalidad de los miembros del grupo. La mayor parte de ellos no solo hablan su lengua materna, sino que han aprendido el español empíricamente, para comunicarse con sus vecinos y el inglés debido a sus frecuentes estancias como trabajadores en los Estados Unidos, en donde es común que asistan a la escuela y en ocasiones hasta a la universidad; lugares en los cuales se les respetan sus tradiciones (como en la Ciudad de Eagle Pass en donde se les permiten asistir a la escuela con el pelo largo). Sin embargo, la lengua kikapú se reserva para comunicarse entre sí y para los actos más importantes de la vida comunal como son las actividades religiosas. No pueden abandonar su lengua “porque se las enseñó Kitzigiata”, su dios tutelar.

ECONOMÍA.

Los kikapúes fueron, hasta principios de este siglo, un grupo eminentemente cazador y recolector. No obstante, al disminuir la fauna de la región se vieron obligados a desarrollar algunas actividades agrícolas, cultivando pequeñas parcelas con maíz, frijol y calabaza. Con la ayuda proporcionada por el gobierno federal, durante la presidencia del General Cárdenas se introdujo, con buenos resultados iniciales, la siembra del trigo, pero un prolongado período de sequías dio lugar a que se abandonara este cultivo.

La recolección de nueces constituía una importante fuente de ingresos dada la abundancia de nogales. Sin embargo el número de estos árboles ha decrecido y hoy en día la producción es insignificante. El chile piquín se recoge de los arbustos que crecen en el monte, pero es una actividad que se practica solamente cuando no hay nueces y es poco remunerativa.

La ganadería de bovinos se ha comenzado a explotar recientemente, contándose con unas 300 cabezas de raza criolla. La mitad de este ganado, aproximadamente, es de propiedad colectiva y la otra mitad de propiedad particular. Esta nueva actividad ha propiciado la siembra de cebada para la engorda de las reses.

Las artesanías proporcionan algunos ingresos extras, aunque las tehuas y las mitazas se fabrican ahora en pequeña escala dado que es muy difícil conseguir la piel de venado necesaria para su elaboración.

Al desaparecer de hecho la actividad agrícola, los kikapúes se han visto impelidos a buscar trabajo asalariado. Al principio se contrataban como peones o vaqueros en los ranchos colindantes, pero al concedérceles, por las autoridades estadounidenses competentes, tarjetas de inmigración, en 1952, los kikapúes, salvo los ancianos y enfermos, se trasladan a diversos lugares de los Estados Unidos para trabajar en las cosechas de legumbres. Estas labores se realizan generalmente de cinco a siete meses al año, de abril a octubre. Este tipo de trabajo constituye actualmente la base de la economía indígena.

LA MALDICIÓN DE LOS BLANCOS.

Kennekuk, su profeta, murió de sarampión alrededor de 1850. La enfermedad de los blancos, que llena el cuerpo de pústulas rojizas y malolientes, lo mató. No podía esperarse otra cosa de tan ambiciosos individuos, los hijos del demonio que llegaron del otro lado del mar para arrebatar a los indios la tierra que el Gran Espíritu dio a sus hijos al principio de los tiempos.

Los blancos no sólo tienen nombres sin sentido, sonidos como “José”, “María” o “Francisco”, que no evocan ninguna imagen como Alce Blanco, Zorro Gris o Nube Remolineante, sino que se alimentan de cosas extrañas y nauseabundas. Comen hasta... ¡pescado! Y todo el mundo sabe que los peces albergan los espíritus de las malas mujeres, que hicieron cosas abominables en vida como convertirse en “manzanas”: de piel roja pero blancas por dentro.

La muerte de kennekuk, el profeta, no quedó sin castigo. Los kikapús mataron franceses, ingleses y españoles, mataron sobre todo a los blancos vestidos como mujeres con largos mantos de faldas negras, quemaron sus misiones y sus templos.

Pero el dios de los blancos era poderoso y vengativo: los “Vestidos Negros” maldijeron a los indios. Desde entonces, los kikapús han olvidado cómo se llega al lugar que Niyol, el gran dios viento, hizo para que sus hijos vivieran en él después de la muerte, aquél donde los muertos tienen todo en abundancia, donde nadie envejece ni se cansa jamás; el maravilloso lugar donde abunda el agua y la caza; donde el fuego de los campamentos nunca se apaga y donde siempre hay leña de sobra.

Ahora, cuando un niño pregunta a su padre: “¿Cómo se llega a ese lugar?” El indio lo mira con tristeza y le responde: “no lo sé, pregúntales a los viejos”, pero los viejos que tienen en la cara las arrugas de la sabiduría, que la amargura y el resentimiento hacen más profundas, se ven obligados a contestar con todo su dolor: “No lo sé, ya nadie lo sabe. Los hombres lo sabían antes de que llegaran los blancos, pero ahora lo hemos olvidado”.

La maldición de los Mantos Largos, como los abuelos llamaban también a los sacerdotes vestidos de mujeres con sus ropas de faldas negras, su maldición digo, es poderosa y terrible: ya no se recuerda la senda de la muerte y por eso, cuando el piel roja muere, ya no tiene a dónde ir. Está condenado a pudrirse.

FESTIVIDADES.

La fiesta más importante para los kikapúes es la del Año Nuevo, que se celebra en los primeros días del mes de febrero, al percibirse los primeros relámpagos y truenos, y dura una semana. Es, principalmente; una fiesta de renovación. Se enciende el fuego nuevo, se reparan las casas, se estrenan vestidos, se levanta el luto de las personas que han perdido recientemente un familiar y, al terminar la celebración, se inician los juegos rituales como el lacrosse (similar al “palillo” de los tarahumaras y al hockey).

Durante la celebración se llevan a cabo diversas danzas en las que participan hombres y mujeres, las cuales son acompañadas por cantos y un tambor parcialmente lleno de agua. Además de la danza especial de Año Nuevo se realizan algunas otras como la del Coyote, la del Búfalo y danzas guerreras, que tienen lugar en otras fiestas.

RESEÑA DE LA DANZA.

Entre los ritos y ceremonias de los indios kikapús son de nombrarse varios, todos con características interesantes como lo son la del bautizo, luto, nacimiento, año nuevo, guajolote, venado, calabaza y de la guerra, la tehua y la del matrimonio que es la que a continuación se describe por ser la que tiene un significado especial por se la más emotiva y romántica.

Para llegar al matrimonio entre los indios kikapú (el matrimonio es con miembros del mismo grupo y nunca con primos en primer grado ni con hermanos), surgen hechos cotidianos importantes de parte de la mujer y del hombre. El indio kikapú para elegir a una compañera no le comunica a nadie sobre la mujer que quiere para el matrimonio. La mujer elegida percibe dichas pretensiones debido a que el indio le acerca un venado a la choza donde ella vive, como muestra de sus sentimientos (hacerla su mujer) si ella acepta el presente (el venado) lo introduce a la choza, esto es en señal de que acepta la relación de noviazgo.

Más tarde el indio le regala un caballo para que ella lo cuide, bañe, cepille y alimente porque en el se irán a la luna de miel, después de haberse casado ante el Jefe Medudua en una ceremonia del matrimonio donde son declarados marido y mujer. Los padres de los contrayentes entregan a sus hijos ante el Jefe, haciendo un ritual significativo y ofreciéndolo al gran espíritu.

Ante toda la tribu, la pareja se toma de sus manos, elevando su vista al cielo tres veces, con un cuchillo ambos se cortan las canillas uniéndolas en señal de haber iniciado el matrimonio. Más tarde acto seguido se introducen en la choza matrimonial construida con tres horquetones para el centro, de donde se forma un huacal hecho con varejones amarrados con pita del monte, a los lados lleva garrochas de la sierra y más tarde se le pone tule para forrarla, es ahí donde pasan la primera noche de matrimonio.

La fiesta del matrimonio continua fuera de la choza participan todos los de la tribu, el Jefe Medudua enciende las hogueras al gran espíritu para que de comienzo la danza. Primero se forman dos círculos de hombres y mujeres comenzando a bailar igual a las manecillas del reloj significando con ello que en la tribu hay júbilo y alegría, gozo y entusiasmo. Los danzantes se colocan en línea recta significando con esta posición ser soldados dispuestos a pelear, enseguida un hombre y una mujer se dirigen al centro siempre danzando, significando con ello unión y bienestar.

Llega un momento en que los danzantes quedan frente a frente indios e indias y caminando hacia delante se encuentran en un lugar donde hay fogatas, retroceden siempre danzando por tres veces significando la hermandad entre la tribu. La luz del fuego ilumina sus rostros sintiendo los danzantes que el gran espíritu esta con ellos y así realizando giros, forman un círculo grande, volviendo de nuevo a avanzar hacia la fogata, siempre unidos sin desbaratar el círculo y gritando al llegar al fuego significando buen año, buena cacería.

Del círculo grande girando y danzando se forman dos círculos de las mujeres sale una de ellas para introducirse al círculo de los hombres invitándolos a danzar haciendo lo mismo los hombres invitando a las mujeres a la danza. La india que va al frente de la danza invita a que la sigan, para formar nuevamente una sola fila saludando y ofreciendo comida a los asistentes, y en su lenguaje una expresión “AU NENIA” que significa adiós, como les va, hasta pronto.

Danzando, danzando con movimientos muy característicos salen en fila acercándose a las fogatas y tomando del tripie un regalo que ofrecen a los novios, siempre danzando en su honor y por su felicidad, uno a uno va pasando, saliendo del campamento saludando con la mano derecha abierta y sin moverla dando así por concluida la danza, que desde que sale el sol hasta que se oculta.

La música ejecutada por los kikapú es pobre y monótona y se a transmitido de generación en generación, las danzas y la música son remembranza de guerreros del pasado, de la caza de animales y de las conquistas amorosas de las mujeres.

INDUMENTARIA

El vestuario de la india es confeccionado de telas de colores llamativos o floreados, la blusa es de manga larga decorada con listones de colores; la falda es larga cubriendo la mayor parte de la pierna, decorada con listones de colores y adornada con círculos de hojalatería.

En los pies llevan tehuas confeccionadas con cuero de venado y adornos de chaquira; las binchas son utilizadas en la frente confeccionadas con cuero de venado y adornadas con chaquira, en las cuales van sujetas una o dos plumas caídas a la espalda, que significan amor y paz y en caso de ir en forma vertical, es señal de respeto o problema en la tribu. Dependiendo en donde se este presentando y estando presente el presidente de la República se lleva en forma vertical. El peinado de la mujer es con trenzas o el pelo suelto hacia delante.

La vestimenta utilizada por el hombre consta de camisa de tela de colores llamativos o floreada, adornada con listones en el pecho y espalda. Utilizan mitazas echas con cuero de venado adornadas con motas de estambre de colores, las cuales van a los lados de las piernas. Usan como calzado tehuas confeccionadas con cuero de venado y adornadas con chaquira, en los tobillos y cintura llevan cascabeles. Las binchas utilizadas en la cabeza son confeccionadas con cuero de venado y adornadas con chaquira, están sujetas una o dos plumas las cuales van cayendo en la trenza que llevan en su pelo.

OKQUANOKASEY Y EL CANTO DE LA MUERTE.

Ockquanokasey, Caballo Blanco, fue quien libró las batallas del Riachuelo de la Paloma y del Manantial Impetuoso. Grande entre los héroes de la historia kikapú, la muerte de Ockquanokasey se conmemora cada año con la danza y el canto de la muerte. En ésta una danza lúgubre y cadenciosa que hermana a los kikapús, pues todos se sirven de una enorme fuente de madera tallada que contiene un exquisito guiso de lenguas de venado. Todos comen del mismo plato y utilizan la misma cuchara porque todos son iguales: son kiwigapawa, los vagabundos.

Una doncella de 15 años – mujer ya, con todos los atributos de las kikapús adultas pero aún soltera y, presumiblemente virgen- funge como directora del baile. Hombres y mujeres con sus ropas cotidianas de piel de ante siguen el ritmo de las flautas y tambores que unos músicos ejecutan un poco apartados de los danzantes. Mientras dirige la danza en este atardecer de 1977, Niyol Kapioma, Viento Sollozante, recuerda la muerte de Shima Sani, su abuela. No le gusta pensar en la muerte porque es bien sabido que trae mala suerte; pensar en la muerte debilita y enferma a las personas. Pero hoy es el día en que se conmemora la muerte de Ockquanokasey, el gran Caballo Blanco, jefe casi legendario de los kikapús. Shima Sani murió como todos los ancianos, tranquila y cansada, y lo hizo en su cama. Las cosas han cambiado, ya no son como en los viejos tiempos cuando los ancianos que ya no servían y se daban cuenta de que sólo eran una carga para la tribu, si no un peligro, tomaban un poco de charki, la carne de venado que las mujeres curan en humo y secan al sol, recogían un manojo de tabaco para su pipa y pedernal para encenderlo, se colgaban al hombro un odre de agua, elegían un promontorio donde poder extender la vista y se sentaban a esperar la muerte. Era su obligación y ellos decidían libremente, cuando llegaba el momento, esta forma honrosa de morir.

Pero los tiempos han cambiado y Shima Sani no tuvo que optar por el promontorio cuya vista dominara la pradera interminable y murió en paz en su propia cama. No hubo llanto por la muerte de Shima Sani, no se derramaron lágrimas por ella. Llorar es una muestra de debilidad y los kikapús, hombres y mujeres, son un pueblo fuerte. Shima Sani se ha ido para siempre y su nombre no será pronunciado otra vez, pues si su espíritu lo oye querrá regresar y no habrá descanso para ella. Los hijos de Shima Sani quemaron ramas de cedro en el tipi donde la difunta dejó esta vida, para que el humo aleje su alma y ella recuerde que ya está muerta. Las hijas de Shima Sani le vistieron con su mejor vestido de piel de ante, peinaron sus canas en dos trenzas impecables, adornaron sus dedos yertos con sus anillos de plata y calzaron sus pies con mocasines nuevos. Doblaron una manta nueva, roja, pues el rojo es un color mágico, y se la pusieron sobre el brazo izquierdo porque los objetos favoritos de los muertos se colocan junto a la mano derecha, excepto su tazón o su vasija. Llevaron recipientes al cementerio porque a Shima Sani le gustaba comer y beber en ellos. Sus hijos buscaron un tronco hueco, lo cortaron y metieron el cadáver entre las estrechas paredes de madera también muerta. Les tomó varias horas cavar la sepultura con el tazón y la vasija como únicos instrumentos, pero lo hicieron porque así debe ser y porque Shima Sani fue dura y estricta con ellos cuando vivió, los rasguñaba en los brazos hasta hacerlos sangrar cuando los veía holgazaneando para sacarles la mala sangre y, con ella, la pereza del cuerpo, como cuadra a una buena madre kikapú.

El cuerpo de Shima Sani fue bajado a la tumba y sus parientes destrozaron la vasija y el tazón contra el tronco que la envuelve desde entonces. Taparon la sepultura con tierra que arrojaron con las manos y al terminar echaron encima hojarasca, piedrecillas y pasto para borrar todo indicio del sepulcro. Así, los malos espíritus no la encontrarán jamás. Las otras posesiones de Shima Sani fueron quemadas en el fuego de las ramas de cedro para que el humo espeso se llevara todo vestigio de su existencia.

NIYOL KAPIOMA Y EL CANTO DE LA VIDA.

Al llegar la primavera Niyol Kapioma, Viento Sollozante, aplicó el oído en el suelo. Escuchó los latidos de la Madre Tierra que despertaba de su largo sueño invernal. Se levantó contenta porque había despertado y pronto podría sembrar el trigo, el frijol y el maíz con el que la Madre Tierra da de comer a sus hijos. La muchacha tomó una calabaza llena de agua, se arrodilló y la derramó en la tierra, metió sus dedos en el barro y tomó un puñado con suavidad, con ternura, pues arañaba el pecho de la Madre Tierra. Amasó la arcilla y la convirtió en una vasija y un tazón. Al terminar, admiró su obra –Shima Sani no los hubiera formado mejor- y los puso a secar al sol que los cuece y les da la dureza de la piedra. Acarició el barro del suelo, ya casi seco, levantó las manos para que el sol las secara, se frotó una contra otra para que el lodo seco se desprendiera y regresar a la Madre Tierra y se puso de pie y estiró los brazos para dirigirse a la colina cercana que se elevaba frente a ella.

Cuando llegó a la cresta de la loma, desenterró la piedra plana que el polvo había cubierto desde la última vez que ella estuvo aquí y se paró sobre la laja. Sacó el palo y las plumas del bolso de piel que colgaba de su hombro y con todo cuidado amarró el penacho y la vara con tiras de cuero crudo, dibujó el símbolo de su clan en el suelo y separó las piernas, sacó el pecho y giró hasta colocarse cara al viento, extendió los brazos y arrojó hacia atrás el palo devocional como ofrenda al dios viento. –Oh, poderoso viento, fuerte y temible sobre todos los dioses, escucha mis palabras...

Niyol Kapioma está contenta porque Niyol, el dios Viento, es el más potente de los dioses indios y ella lleva su nombre: Viento Sollozante, y con el nombre del dios lleva su protección poderosa y libre. En efecto, el dios Oso es fuerte y noble, pero duerme durante el invierno como la Madre Tierra. El Águila y el Lobo son asimismo dioses hermosos y hábiles, pero los hombres pueden matarlos. Keotuk, el trueno, es un dios temible y tan poderoso como el dios Sol, pero el primero es voluble y el segundo sólo tiene poder durante el día y eso si las nubes no le cubren el rostro.

Sí, el mejor es Niyol, el Viento, porque la Iguana y la Serpiente son dioses feos y rastreros, traicioneros como los blancos que vinieron del otro lado del mar, donde ya no hay mundo y todo es infierno. Los hijos del demonio llegaron hace 500 años para matar a los indios. Viento Sollozante levanta la vista y Niyol, al darle en la cara, agita su cabellera negra y suelta.

-Gran Padre Viento, Niyol, los demonios blancos llegaron hace 500 años. Nosotros ya estábamos aquí desde el principio de los tiempos. Los antropólogos dicen que vinimos del Asia y atravesamos el estrecho de Bering y que éramos de piel amarilla y que de alguna forma nuestra piel se hizo roja a mitad del camino. Hace 135 años libramos nuestra última batalla contra ellos; Gran Padre, 135 años son muchos... demasiado tiempo para guardar rencor.

ARTE.

En materia de pintura, solo podemos decir que acostumbran embijarse los rostros. Sin embargo, lo hacen en formas bellas por la combinación extraordinaria de los colores que producen efectos exóticos. Este hábito es común a los hombres especialmente a los de cierto rango social como los sabios o consejeros de la tribu. Las mujeres solo se pintan chapetas y lunares. El embije se realiza con pinturas térreas adquiridas en el comercio de Múzquiz y aplican los colores con muñequitas de gamuza y palitos. Cuentan que años atrás adquirían de la naturaleza regional sus tierras colorantes.

En donde el kikapú, o mejor dicho, la kikapú, pone mayor sentimiento estético es en los bordados de chaquira a colores que ejecutan sobre gamuza de venado, en artículos como loas tehuas, cintas, cintos, mitazas, chalecos, monederos, bolsos, etc.; Pues en estas prendas hacen derroche de hermosos dibujos rectangulares y maravillosas combinaciones de color. No obstante, este mismo gusto se derrama hacia la confección de esteras y canastos de pala zotol y tule, en donde los indígenas hacen gala de su habilidad decorativa, en el dibujo, el tejido y matices. En una palabra, en lo que se refiere a pintura, las expresiones más características se hallan en los rostros, en los bordados de chaquira y en los tejidos de palma zotol.

Hay entre los indígenas un platero con regular sentido artístico, quien hace anillos, pulseras, hebillas, aretes, collares, gargantillas, botones y otros adornos santuarios de plata en los que cincela motivos simplistas de raro estilo indio, no carente de belleza e ingenio. Además, a estas piezas les incrustan a ratos piedras falsas de vivos colores que le dan un carácter peculiar. En tanto unos trabajos como otros son usados por los nativos y no pocos vendidos a los visitantes y al comercio de la localidad.

En materia de literatura tienen poco; no obstante, parece que lo que más hiere su imaginación es el cielo. Respecto de las Pleyades, los kikapús refieren una tierna leyenda. Las llaman los muchachos. Cuentan que una vez había en la tribu varios niños que habían perdido a sus padres en la guerra contra los anglosajones y, no teniendo quien los amparara, andaban de puerta en puerta implorando la caridad para alimentarse. Pasado algún tiempo de esta penosa situación, ya se habían hecho molestos en el vecindario, que no solamente ya no les daban algo para satisfacer su hambre, sino que los corrían con malas palabras, llegando a darles de palos para que no volvieran más. Viéndose en tan dolorosa situación de abandono y desprecio, amargamente discurrieron pedir con favor al Gran Espíritu que se los llevará de la tierra. Una vez siendo de noche, salieron del poblado de la tribu; iban muy tristes cruzando el desierto. Tan tristes y doloridos iban, que habiendo llevado consigo sus sonajas, con ellas, acompañándose, se pusieron a cantar oraciones. En los cantos pedían devotamente a Kitzigata que se los llevara al cielo. Al fin el Gran Espíritu conmovido, tomándolos en un rayo de luz estelar, se los llevo ascendiendo poco a poco, hasta que llegaron a las alturas en donde Dios formó con ellos el grupo de estrellas conocido por los kikapús con el nombre de Los Muchachos; grupo de estrellas que constantemente echan en cara a los indios su falta de caridad con los pequeños. Por eso desde entonces, en cada hogar kikapú jamás se cierran las puertas a todos y menos a los niños.

Aquí tenemos una muestra de su arte poético:

Oración de Papikuano

¡Oh! Gran espíritu cuya voz oiga en el viento

y cuyo aliento de vida a todo el mundo,

escúchame yo soy pequeño y débil

necesito de tu fuerza y sabiduría.

Permíteme que camine por la senda de la

belleza y haz que mis ojos contemplen

siempre el rojo y el morado del ocaso.

Haz que mis manos respeten las cosas que

Tú has hecho, y dale agudeza a mis oídos

para oír tu voz. Hazme sabio así que yo

pueda comprender las cosas que Tú has

enseñado a mi pueblo.

Permíteme que yo aprenda de las lecciones

que Tú has escondido en cada hoja

y en cada roca.

Permíteme que sea fuerte no para hacer

más grande que mi hermano sino para

luchar con mi más grande enemigo que es

¡Yo mismo! Haz que siempre este listo

para ir a ti con la vista alta y las manos

limpias así cuando la vida desvanezca

como desvanece el sol en el ocaso,

que mi espíritu pueda ir a ti sin

ningún asomo de vergüenza.


RELIGIÓN Y SUGESTIONES ANIMICAS.

La tribu kikapú de El Nacimiento por lo que se refiere a su estado cultural religioso, hállase en un período en que parecen entremezclarse corrientes totémicas, zoolátricas, sabeístas, politeístas y aspectos de carácter filosóficos. El núcleo es de una religiosidad extraordinaria. Viven en constante estado místico que los coloca en planos de ética ejemplar. Cuando se les habla del cristianismo y creencias imperantes en otros grupos humanos, benévolamente, pero con segura opinión manifiestan que estas religiones tienen una doctrina más o menos semejante a la suya, con la diferencia de que los kikapús practican con rigor los preceptos de no matar, de no robar, de no deshonrar, de no violar, de no levantar falsos testimonios, etc., y que los hombres que se nombran civilizados los predican con ostentación y vano orgullo, pero desde sus sacerdotes hasta los fieles los pisotean a cada instante, sin importarles y a veces haciendo gala de ello.

El varón kikapú no usa sombrero más cuando se halla en la ciudad; es decir, cuando se encuentra de paseo. En el seno de la tribu, por lo regular va descubierto y a veces ciñe su frente con una faja de tela y si su rango social –Capitán, Consejero o Sacerdote- lo exige, adorna la cabeza con una pluma de águila, guajolote, faisán u otra ave. La cabellera del indio kikapú se halla recortada hasta los hombros y bien peinada con raya en el centro de la cabeza sólo algunos jóvenes la llevan a la moderna. El pelo de este modo, tiene particularidad de carácter anímico. Todo kikapú tradicionalista conserva en su cabeza y en la parte del occipital un mechón que trenza con el mayor esmero y galanura, adornándola. Tiene completa semejanza con la antigua coleta china. Los kikapús creen que de allí los tomará Kitzigiata después de la purificación del alma en el infierno, para llevárselos al paraíso a cazar venados. También sin excepción todos se depilan el rostro con unos resortes metálicos, con pinzas y pocos se rasuran con navajas. La costumbre a este respecto es absolutamente generalizada; siempre tienen su cara limpia.

La mujer kikapú usa el cabello peinado en dos trenzas, a excepción de las niñas doncellas, quienes llevan un curioso tupé, el cual conservan hasta que les llega su menstruación; luego se lo quitan en señal de que ya son mujeres aptas para el matrimonio. Es decir, es quizás un tabú de inocencia para la tribu.

RELACIONES INTERETNICAS.

Los mestizos de Múzquiz y otras poblaciones cercanas mantienen hacia los kikapúes una actitud discriminatoria, llamándolos “indios”.

Como después de regresar de los Estados Unidos, en donde han trabajado durante algunos meses, llegan con bastante dinero, dispuestos a gastarlo, se les engaña en sus compras y, en general, en todo lo que consumen.

Los kikapúes, por su parte, se dan cuenta de la discriminación de que son objeto y evitan los lugares en los que saben que no son aceptados. Guardan hacia los mestizos un sentimiento de desprecio, considerándolos inferiores por no pertenecer al grupo de “los elegidos de Dios”, como se consideran a sí mismos.

ACCIÓN INDIGENISTA

Los intentos que el gobierno de México ha hecho para proporcionar algunos servicios a los kikapúes, como establecimiento de escuelas y proporcionar atención médica, han fracasado debido a su actitud independiente por lo que han quedado sustraídos de los programas de acción indigenista que tienen lugar en otros grupos étnicos.

El Instituto Nacional Indigenista, en vista de esta situación y de lo reducido del grupo, sólo interviene como asesor en algunos aspectos y a petición del propio grupo.